¿LA
DAMA O EL TIGRE? [1]
¨Se
dice que en la remota antigüedad vivió un rey semibárbaro que administraba
justicia de un modo a la vez
espectacular y caprichoso. Para castigar los delitos especialmente graves había
imaginado una singular ordalía. El acusado era conducido cierto día señalado a
la arena de un circo en cuyas gradas se apretaba todo el pueblo reunido. Ante
él había dos puertas. Tras una de ellas guardaba un tigre hambriento, el más
fiero que se había podido conseguir para
la ocasión; tras la otra estaba una hermosa doncella atractiva y virginal. Sólo
el rey conocía al inquilino que aguardaba en cada puerta. El reo debía elegir
forzosa e inmediatamente una u otra de ellas: en ambos casos, su suerte estaba
echada. Si aparecía la fiera, moría destrozado en pocos segundos; si salía la
dama, debía desposarla sin dilación y con la mayor pompa, apadrinado por el
propio monarca, derogándose cualquier matrimonio o compromiso que pudiera antes haber contraído. Queda a gusto
de cada uno determinar cuál era el destino más cruel…
En
cierta ocasión, el criminal estaba acusado de un delito especialmente grave.
Siendo un simple plebeyo, se había atrevido a cortejar en secreto a la hija
única del rey y ésta había correspondido
apasionada y clandestinamente a su amor. Para su juicio en la arena fatídica,
el bárbaro rey se esmeró especialmente en la búsqueda del más voraz de los
tigres pero también seleccionó a la más deliciosa de las doncellas como
alternativa. Convulsa, la princesa amante se vio lacerada por una doble
angustia: a un lado ver al cuerpo tan querido y acariciado despedazado a
zarpazos; en el otro, contemplar a su enamorado unido conyugalmente con una
señorita preciosa, a cuyos encantos ella sabía bien que el joven culpable no
era precisamente indiferente. Con ardides de mujer y arrogancias de princesa,
logró enterarse de cuál era la puerta que en la arena correspondía a cada uno
de ambos indeseados destinos. El muchacho apareció sobrecogido en el circo,
abrumado por la expectación de la
multitud.
También
él conocía el íntimo dilema de su amada
y desde el ruedo le lanzó una mirada de súplica: “¡Solo tú puedes salvarme!” Con gesto discreto pero
inequívoco, la princesa señaló la puerta de la derecha. Y por ella optó sin
vacilar el condenado.
(…)
¿Quién salió por la puerta abierta… la dama o el tigre?¨
Dice
Savater[2]: ¨La acción no es una capacidad optativa de
los humanos, sino una necesidad esencial de la que depende nuestra
supervivencia como individuos y como especie. Se puede elegir cómo y
cuándo actuar; pero es forzoso actuar: ahí no hay elección posible. No estamos
determinados ni programados
instintivamente de tal modo que podamos
dispensarnos de actuar ¨.
Al
¨hombre Dios lo ha creado sin lugar propio, como una pieza móvil entre figuras encapsuladas, tan capaz de ascender hacia lo alto como de descender hasta lo más
bajo, es decir, capaz de actuar¨.[3]
Ratificando lo anterior, nos trae el
autor citado anteriormente, un fragmento de Giovanni Pico della Mirandola, el
cual dice: ¨ ¨ No te di, Adán, ni un
puesto determinado ni un aspecto propio
ni función alguna que te fuera peculiar,
con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te
decidieras, los obtengas y conserves
según tu deseo y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por las leyes que yo he
dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera
ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el
centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No
te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, con el fin de que –
casi libre y soberano artífice de ti mismo – te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás
degenerar hacia las cosas inferiores que
son los brutos; podrás - de acuerdo con
la decisión de tu voluntad - regenerarte hacia las cosas superiores que
son divinas. ¨
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tú puedes salvarme!”
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